Hace unos días me tuve que quedar a comer cerca del trabajo, estaba pasando por unos momentos duros y decidí ir a comer solo, no me apetecía tener que escuchar ni tener que mantener una conversación a nadie. Al entrar al restaurante la camarera se empeño en sentarme mirando a la puerta de entrada, cosa que suelo preferir, pero ese día prefería aislarme y me puse de espaldas mirando a las grandes cristaleras que daban a la avenida.
Desde allí podía mirar sin ser visto a los transeúntes, en absoluto con intención voyeur, pero desde allí podía seguir con mi aislamiento, ser invisibles para ellos. Me deje más de la mitad de la comida ya que me pase la hora y media que estuve allí mirando las caras de las personas que iban y venían por la calle, unas caras que a pesar de todo, siguen siendo el espejo del alma.
Pude ver todo tipo de expresiones, emociones y facciones, me resultaba casi hipnótico, tal vez por alejar mis pensamientos de aquello que me estaba atormentando, pero desde entonces no dejo de mirar las caras de la gente con otros ojos, sobre todo cuando creen que nadie les mira, pues es en esos momentos en que sus caras se muestran tal y como son.
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Si te gusta mirar caras, no te pierdas las que se ponen bajo un paraguas. Al final una termina muerta de la risa y se te alegra el dia lluvioso que por lo general suele infundir desasosiego.
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